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Los derechos de uso y acceso

Desde sus inicios, la ciencia económica ha ubicado los derechos de propiedad en el centro de sus análisis. El mismísimo Adam Smith nos explicaba que la búsqueda individual por maximizar el beneficio – donde cada uno adquiere los bienes y servicios más apropiados para satisfacer sus preferencias – es la mejor garantía de alcanzar una asignación de factores óptima para la sociedad en su conjunto.

En ese marco, asignamos nuestros ingresos a la adquisición de bienes y servicios (en el sentido de excluir a otros de su uso) que satisfacen nuestras preferencias de la mejor manera posible en un contexto de escasez, es decir, en un contexto donde nadie – o tal vez muy pocos – puede adquirir todo lo que quisiera.

En efecto, son derechos de propiedad lo que intercambiamos en los mercados. Productores y consumidores convergen en ese “locus” para comerciar sus propiedades a un cierto precio.

La naturaleza de la propiedad, sin embargo, está cambiando en la nueva economía. Ya no se trata de adquirir bienes por la utilidad que tiene en sí mismos sino por la posibilidad de uso o acceso a ciertos servicios que nos ofrecen.

El ejemplo más sencillo para ilustrar este punto es, probablemente, internet. A todos nos gustan los nuevos diseños de computadores y teléfonos móviles pero ya no los vemos únicamente como productos en sí mismos sino más bien como un bien intermediario imprescindible si queremos participar de la vida en el ciberespacio.

Internet no es un producto que pueda comprarse (en el sentido clásico del derecho de propiedad, excluyendo a otros de su uso) no le pertenece a nadie en particular, simplemente esta allí, proveyendo lo que hoy en día, representa la plataforma de conexión interpersonal más grande que la humanidad haya conocido, operando a un costo muy bajo y de manera prácticamente instantánea.

Por eso postulamos que en la nueva economía, no solo existen los derechos clásicos de propiedad sino que, paulatinamente, como ocurre con los mercados y las redes, surge una nueva forma de relacionarnos con los bienes y servicios a través de derechos de uso y acceso.

El surgimiento de este nuevo tipo de derechos es tan fuerte y tan rápido que está revolucionando la forma en que las empresas ven a sus clientes y lo ha estado haciendo por la mayor parte de la última década.

Una creciente cantidad creciente de empresas ya no centran su atención en el producto que fabrican o en el servicio que ofrecen sino en el tipo de relación y vinculo que establecen con el cliente. En ese contexto, sus productos y servicios no son otra cosa que instrumentos forjar una relación a largo plazo, lo más estable y duradera posible.

¿Quién no ha tratado de dar de baja su servicio de telefonía celular y se ha encontrado con ofertas para mantenerse relacionado con la compañía por una fracción del abono que venía pagando?

Ese es exactamente el tipo de estrategia que las empresas que operan en la nueva economía están llevando adelante para maximizar sus utilidades. Y es el tipo de derechos que deberán ser regulados en la nueva economía.

Varios fallos judiciales han establecido, por ejemplo, que las empresas telefónicas incurren en un abuso cuando exigen plazos mínimos de uso del servicio para aceptar los deseos de sus clientes de darse de baja de los mismos.

Asimismo, en varios países, los gobiernos han decidido regular el acceso a los contenidos de internet y a la red misma debido a cuestiones de naturaleza política.

Está claro que un cuerpo de nuevas regulaciones se está gestando y que afectara los derechos de uso y acceso, tan populares y necesarios en la nueva economía como lo fueron los tradicionales derechos de propiedad en la economía agrícola e industrial.

Este cuerpo de instituciones solo puede aumentar en un contexto donde muchas empresas, alentadas por sus especialistas de marketing, trabajan desde hace ya casi una década con el concepto “valor de la esperanza de vida”.

Según esta enfoque, no es necesario concentrarse en transacciones puntuales sino esforzarse en asegurar y mercantilizar las relaciones con el cliente a lo largo de su toda vida, entonces, el potencial comercial de captar una parte de los gastos de esa persona es proporcional a su duración estimada como consumidor (Jeremy Rifkin, La era del acceso, Paidós, 2000)

Esto explicaría los esfuerzos de las empresas por captar clientes a muy temprana edad, con clubes de membresía para niños en hoteles y aerolíneas y hasta en los servicios específicos provistos por ejemplo por Itunes.

Todo este proceso también afecta los ciclos de vida de los productos físicos que utilizamos para acceder a estos servicios. La velocidad de los cambios tecnológicos, las nuevas funciones y los nuevos programas nos imponen la renovación de ciertos productos –  como notebooks, netbooks y sobre todo, Ipads, Ipods y otros vinculados con las comunicaciones como los teléfonos celulares – en plazos cada vez más cortos.

En promedio, la vida útil de estos aparatos se viene reduciendo permanentemente en la última década de manera pronunciada y es posible que en el futuro solo sean adquiridos en esquemas de leasing o alquiler.

Es posible, incluso, que en el futuro dispongamos de versiones económicas de estos productos diseñadas específicamente para un solo uso, como ocurre hoy en día con las cámaras de fotos de rollo único, que compramos solo para una ocasión y que se descartan en el momento del revelado.