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Los intercambios y las preferencias en el ciberespacio

Como señalamos en la sección previa, incluso los fundadores de la economía como disciplina pusieron las preferencias del sujeto económico – el individuo consumidor – en un lugar preponderante y lo hicieron porque esas preferencias explicaban – como lo hacen hoy – la asignación que cada individuo hace de sus recursos, por definición, escasos.

Mapear esas preferencias es una antigua ambición de los economistas ya que semejante información permitiría entender mejor la mecánica de la asignación de recursos y por ende, el óptimo estadio de equilibrio para la sociedad en su conjunto.

Esa ambición los llevo a generar, en el ámbito de la Microeconomía, el concepto de “función de utilidad” que mide la satisfacción o utilidad obtenida por un consumidor cuando disfruta de cierta cantidad de bienes. Dicha función se deriva de ciertos supuestos, tales como que sea completa, reflexiva, transitiva y continua.

A partir de una función de utilidad se pueden formular curvas de indiferencia, que representan todas las cestas de bienes y servicios que tienen el mismo valor para esa función de utilidad dada (Wikipedia)

Por supuesto, quienes trabajaron en la formulación de estas teorías no contaban con el fabuloso volumen de información proporcionado por la simple interacción de millones y millones de consumidores con los motores de búsqueda en internet. En la actualidad, considerando sólo el buscador más popular, Google, se registran más de 31 billones de búsquedas de material por internet al mes.

Esta no es exactamente una información que revele las preferencias de un consumidor en el sentido estricto en que las estudia la Microeconomía a través de la función de utilidad pero, en la medida en que las redes tengan un papel más relevante en los intercambios y los derechos de uso y acceso continúen ganando espacio frente a los derechos de propiedad, es posible que los registros que dejan nuestras interacciones con los buscadores de internet así como nuestros correos electrónicos y otras actividades cotidianas en el ciberespacio generen al menos una base de datos de nuestros intereses e intenciones (John Battelle, The Search, Portfollio, 2005)

Por supuesto, las búsquedas incluyen los asuntos más diversos, desde información sobre enfermedades hasta material musical e intercambios sobre el desempeño de personas, productos y servicios. Pero de una manera u otra, nuestras interacciones con los motores de búsqueda definen, cuando menos, una base de datos de intereses personales.

En la medida en que el comercio electrónico crezca y una mayor cantidad de personas tenga acceso a las tecnologías digitales nos acercaremos mucho a la formulación de un mapa de preferencias del consumidor.

Ahora bien, ¿a quién pertenece esa información?; ¿Quién es el propietario de las “huellas” que dejamos en nuestra interacción con internet?

Ciertamente, cuando trabajamos a solas con nuestra computadora, Ipad, Ipod o teléfono tenemos la sensación que nuestros correos, mensajes y búsquedas son solo nuestros y forman parte de nuestra intimidad. Sin embargo, de manera cada vez más frecuente, esa información se transforma en material de inteligencia comercial.

Los medios de comunicación sociales a su vez, como Twitter y Facebook, están invirtiendo la lógica de relación entre los consumidores y los productos y servicios. En la economía del siglo XXI los consumidores salían a buscarlos, en la nueva economía, los productos y servicios encuentran en la red a los potenciales consumidores.

Por eso mismo, la información que creemos reservada, acerca de nuestras búsquedas e interacciones en el ciberespacio constituye un yacimiento importantísimo para los actores de la nueva economía.

Es un campo incluso ya hoy en día susceptible de requerimientos por parte de las autoridades de seguridad (como ocurre en los Estados Unidos donde, de acuerdo a las leyes vigentes, puede solicitarse a los buscadores como Google que reporten quienes han visitado sitios vinculados con actividades peligrosas o calificadas de terrorismo) y, tarde o temprano, formara parte de las nuevas instituciones de la economía del siglo XXI.